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La clasificación de los organismos
miércoles 28 de noviembre de 2001, M.T. Tellería

En el año 1977, el Alvin, un submarino de bolsillo, se adentraba en las profundidades del Pacífico, cerca de las islas Galápagos. Llevaba a bordo una expedición de biólogos marinos que buscaban vida en los alrededores de las hendiduras hidrotermales, una especie de géisers submarinos, que en esos fondos afloran. La pista que les llevó a tal aventura se la habían proporcionado unos geólogos que, al estudiar estas formaciones, vieron junto a ellas algunos objetos grandes, largos y blancos. Para su sorpresa, a 2.600 m de profundidad, los biólogos del Alvin encontraron un mundo de vida desconocido donde, junto a nuevas especies de moluscos, anémonas y otros organismos marinos, vivían unos pogonóforos (gusanos segmentados) de metro y medio de largo que, al estudiarlos, resultaron ser más sorprendentes de lo que en principio parecían, pues presentaban una estrategia de vida hasta entonces desconocida. Sin estomago, ni intestinos, aprovechaban el azufre de los géisers como fuente de energía para lo que contaban con la colaboración del buen número de bacterias simbiónticas alojadas en un órgano especializado conocido como ‘trophosoma’. En las oscuras profundidades del mar, sin luz solar, era necesario desarrollar nuevos procesos de obtención de energía sustituyendo la fotosíntesis por la quimiosíntesis

La historia que encabeza este dossier tiene una vocación de paradigma. El afán de explorar, descubrir, describir y diferenciar la diversidad de la vida es lo que llevó al equipo protagonista de la misma a adentrarse en las profundidades del mar y tuvieron su recompensa. Encontraron nuevos organismos que les abrieron las puertas para vislumbrar estrategias novedosas de supervivencia hasta entonces desconocidas.
Pero no es necesario llegar a los fondos abisales para descubrir nuevas especies, pues apenas si conocemos un millón y medio de los treinta que se suponen probables. Mucho trabajo para pocos expertos. Rondan los treinta mil el número de especialistas que, en este momento, se ocupan en todo el mundo de describir la biodiversidad y la de los taxónomos parece ser, además, una especie en extinción.
Marginada en las últimas décadas, la taxonomía ha quedado relegada en muchos países que tenían una larga tradición en este campo, la causa hay que buscarla en la opinión, bastante extendida en el mundo científico, de que la taxonomía adolece de una serie de defectos fatales que la convierten más en un ‘arte de la clasificación’ apto para aficionados que en una ciencia propiamente dicha. Mientras otros campos de la biología fueron, a lo largo del siglo XX, conformando un cuerpo teórico cada vez más sólido, la taxonomía parecía convertirse en un ejercicio de vano coleccionismo.
¿Pero, qué es en realidad lo que ha sucedido? Para contestar a esta pregunta es necesario hacer un poco de historia y remontarse, aunque sea brevemente, al siglo XVIII. El Siglo de las Luces es también el siglo de las clasificaciones pues el estudio de la naturaleza adquirió protagonismo social al ver en ella y sus riquezas una fuente de mejora para los problemas que aquejaban a la sociedad; se organizaron así expediciones científicas y viajes de exploración lo que conllevó un incremento en el número de especies conocidas. La necesidad de reconocerlas se convierte en acuciante y, para ello, nada mejor que establecer una clasificación asentada en caracteres fácilmente diferenciales despreocupándose, como es lógico por aquel entonces, del significado biológico de los mismos. Es el momento de los sistemas artificiales de clasificación y de las claves dicotómicas basadas en caracteres diagnósticos fácilmente observables que debían permitir una rápida identificación de las especies; es también el momento de los sistemas jerárquicos de clasificación y de la nomenclatura binomial (a cada especie corresponde un nombre compuesto por dos palabras: la primera indica el género en el que se ubica y la segunda concreta la especie de la que se trata), un mundo en dos palabras, pues con un solo binomen quedaba claramente establecido el lugar que la especie ocupa en el sistema: género, familia, orden... Es, entre otros, el siglo de Lamarck y Linneo, la época de la taxonomía clásica, práctica y artificial que en su metodología de trabajo, en parte, aún perdura: descubrir, identificar, describir, en suma conocer y reconocer.
Que las ideas de Darwin marcaron un antes y un después en la historia de la biología es algo que se ha repetido hasta la saciedad y la taxonomía no fue una excepción. La idea de que todas las criaturas de la tierra pudieran haberse originado de un antepasado común, de modo que todas y cada una pudieran relacionarse en un árbol genealógico único, el árbol filogenético, abrió una nueva perspectiva en el campo de la taxonomía dotando a ésta de un cuerpo teórico cada vez más sólido. No se trataba ya solo de idear sistemas de clasificación que artificialmente permitieran identificar los organismos, sino que era necesario desvelar y presentar, de modo sintético, la historia evolutiva de los mismos. Se pasó así, poco a poco, de los sistemas artificiales de clasificación a los sistemas filogenéticos, una conquista del siglo XX, al entender que el orden de la naturaleza estaba en la filogenía, es decir en las relaciones de parentesco entre los distintos organismos. La taxonomía abrió así paso a la sistemática.
Pero para llegar a establecer estos sistemas de clasificación filogenéticos era necesario resolver un problema: como establecer quién está emparentado con quién. Han sido varios los intentos de solucionar esta cuestión. De todos ellos quizá la cladística es el que, en la actualidad, goza de un mayor prestigio. Para los cladistas no todos los caracteres tienen igual valor y para encontrar las verdaderas relaciones de parentesco entre los organismos hay que diferenciar, entre otras cosas, los caracteres homólogos (aquellos que dos organismos heredan de un ancestro común) de las homoplasias ( o rasgos que se adquieren como consecuencia de la vida en un medio común) y hay también que diferenciar los caracteres primitivos (plesiomorfías) de los derivados (apomorfías).
Una imagen sesgada de la sistemática, haciéndola sinónima de la taxonomía clásica y aligerándola de todo su cuerpo teórico actual y del esfuerzo práctico realizado en los últimos años por buscar más y más fuentes de caracteres con un alto significado biológico, es lo que ha llevado a confundir el fondo con la forma y el todo con la parte. Es cierto que un buen número de taxónomos se ocupan, al igual que en el siglo XVIII, de explorar, descubrir, describir los organismos y hacer accesible esta información a la sociedad, incluyendo en sus trabajos claves dicotómicas que permitan identificar fácilmente las especies, pero no es menos cierto que esta labor casi de pioneros, más necesaria hoy que nunca, es la fuente de información necesaria para desvelar las relaciones entre los diferentes organismos y construir así el sistema de clasificación que nos va a permitir desentrañar el árbol de la vida.

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Taxonomía, sistemática y cladística en la red
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Pincha en la foto para ampliarla Submarino Alvin en el momento de la inmersión


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C. Linneo, 1707-1778


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La taxonomía parecía convertirse en un ejercicio de vano coleccionismo


 



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