La flora amazónica: mosaico de verdes
martes 01 de abril de 2003, M.T. Tellería
En esta entrega de nuestro dossier se reproduce una parte del artículo que, dedicado a la flora amazónica, M.T. Tellería ha publicado en el último número de la Revista de la Sociedad Geográfica Española 14: 64-75. Se entresacan muchos párrafos del artículo y, entre ellos, los que concretamente hablan de Madidi
El trópico es profusión de biodiversidad y ninguna región de la tierra cobija una cantidad, ni tan grande ni tan variada de la misma. Se calcula que las selvas tropicales, que solo ocupan el 6% de la superficie terrestre, alojan a más de la mitad de los organismos. Así, de las aproximadamente 270.000 especies de plantas vasculares conocidas, 170.000 viven en las regiones tropicales. Tres países de la cuenca amazónica: Colombia, Ecuador y Perú reúnen, en su flora, cerca de 40.000 especies cuando solo ocupan el 2% de la superficie del planeta y cerca de Iquitos, en Perú, se ha localizado el punto conocido que, hasta ahora, alberga la mayor diversidad arbórea del mundo: en dos hectáreas se han censado 300 especies diferentes de árboles. Esta riqueza no es, tan sólo, cuantitativa sino también cualitativa; así en el escudo Guyano, esa porción de tierra situada en el noreste de Sudamérica, entre Venezuela, Colombia, Guayana, Surinam y norte de Brasil, donde se yerguen las mesetas de arenisca conocidas como tepuis, existe una flora con más de 8000 especies de plantas vasculares de las que, aproximadamente, el 50% son endémicas. Los bosques húmedos tropicales de todo el mundo presentan, entre sí, bastantes similitudes en lo relativo a la composición florística, a pesar de su amplia distribución geográfica alrededor del ecuador, entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. Dispersos como están por las distintas regiones de la tierra, muchos comparten las mismas familias o incluso géneros de plantas pese a estar separados, unos de otros, miles de kilómetros por mares y océanos. Esta similitud vegetal puede ser interpretada de dos modos, ambos plausibles. Una de las hipótesis se basa en la capacidad de dispersión de ciertas plantas, cuyos frutos y semillas pueden viajar grandes distancias transportadas por los pájaros, las corrientes marinas o el viento. La otra se apoya en la historia de un pasado que permitió, en otro tiempo, hace millones de años que los ancestros de estas plantas compartieron un mismo territorio. En el Cretácico –de esto hace entre 65 y 140 millones de años--, cuando las plantas con flores (angiospermas) comenzaron a diversificarse y adquirir la preponderancia que ahora ostentan, las masas de tierra que hoy constituyen África y Sudamérica formaban parte de un supercontinente: Gondwana. La diversificación de las angiospermas tropicales tuvo lugar mientras Gondwana se disgregaba y los continentes iban separándose, lo que facilitó que muchos de los ancestros de la actual flora tropical pudieran entremezclarse en un territorio y otro. No es por tanto de extrañar que, en las selvas tropicales de Africa y América, encontremos las mismas familias de plantas aunque representadas por diferentes especies. La composición florística del bosque húmedo amazónico está integrada por árboles, arbustos, bejucos, epífitas y herbáceas que, organizadas en estratos escalonados configuran el escenario del mismo; escenario que, prácticamente y sin solución de continuidad, se extiende por la planicie amazónica, desde el océano Atlántico hasta las primeras estribaciones de los Andes. Son bosques perennifolios situados a baja altitud, de hasta 500 m, en lugares planos o ligeramente ondulados, donde el paisaje viene esculpido por la interacción, siempre cambiante, de agua y tierra, y donde la luz actúa como factor limitante. A grandes rasgos, se pueden reconocer tres tipos de bosque húmedo amazónico: los “bosques de tierra firme” o no inundables que son los que presentan una mayor riqueza de especies; los “bosques inundables” que se asientan en suelos periódicamente anegados en función de las crecidas de los ríos y arroyos, son menos biodiversos que los anteriores y los “bosques de pantano”, inundados permanentemente al ocupar las zonas deprimidas del terreno o los típicos meandros que las corrientes de agua, al discurrir por la planicie amazónica, van abandonando. Estos últimos están plagados de palmeras y son los bosques con menos diversidad florística de toda la Amazonía. Los árboles son los elementos dominantes de la vegetación de este bosque húmedo que estamos describiendo y pertenecen, entre otras, a las siguientes familias: leguminosas, lecitidáceas, sapotáceas, moráceas y euforbiáceas. En un repaso somero a los géneros mejor representados [según Cabrera & Willink, Biogeografía de América Latina. 1980] entre los de las leguminosas, destacaremos: Aldina, Bowdichia, Pithecolobium, Mymenaea, Sclerotium y Enterolobium; entre las lecitidáceaes quizá Bertholletia; géneros de nombres tan complicados como Lucuma, Manilkara, Chrysophyllum, Pouteria y Eccinusa representan, entre otros, a las sapotáceas. Brosimum, Chlorophora y Pourouma son, como en el resto de los casos según Cabrera & Willink, los representantes más importantes de las moráceas en estas latitudes. El género Hevea, figura entre los de las euforbiácea, una familia tan copiosa –incluye 300 géneros y cerca de 5.000 especies— como ampliamente distribuida, pues podemos encontrarla por los cinco continentes; tal es su variedad de hábitos que agrupa desde las herbáceas lechetreznas de nuestras latitudes hasta el inmenso árbol del caucho –Hevea brasilensis— de las zonas tropicales. Algunas lauráceas y rosáceas, junto a representantes de muchas otras familias (annonaceas, rubiáceas, meliáceas, miristicáceas...) completan el mosaico de especies arbóreas de esta región del mundo que, como hemos dicho, ostenta récords de diversidad. Pero, hasta para los más profanos, es difícil concebir un bosque húmedo tropical sin las omnipresentes palmas, pues éstas, que constituyen una fuente recursos para los indígenas que habitan de estas intrincadas selvas, conforman la parte inferior del estrato arbóreo. Atalea, Mauritia, Euterpe e Iriartea son los nombres de algunos de los géneros mejor representados. Haremos un inciso para destacar, de entre ellos, Iriartea y en particular Iriartea deltoidea e insistimos en este punto pues su descubrimiento está ligado, como el de otras muchas especies de estas tierras, a la historia de la ciencia española, en general, y a la del Real Jardín Botánico, en particular. Fueron los botánicos ilustrados Hipólito Ruiz y José Pavón quienes, en su expedición botánica al Virreirato del Perú, a finales del siglo XVIII, descubrieron, bautizaron, dibujaron y describieron esta palmera de 20 m de altura, de porte erguido y raíces aéreas, muy abundante en estos bosques y a la que los indígenas dan múltiples usos. La emplean para construcción, como alimento e incluso usan las brácteas que protegen sus inflorescencias para acopiar la miel que cosechan en el monte. La evocación de una jungla integrada por una vegetación enmarañada e impenetrable se nos antoja desacertada pues, un bosque primario --aquel que no ha sufrido alteración alguna--, presenta como elementos dominantes de su vegetación los árboles de gran porte. Son, por tanto, sus troncos y raíces tabulares o sustentativas las que configuran el panorama que se presenta a la altura de nuestros ojos, una vez inmersos en su espesura. Con frecuencia, este panorama se ve interrumpido por los bejucos retorcidos que, como columnas salomónicas, se abrazan a los árboles en una desesperada búsqueda de luz y nos cortan el camino. La vegetación del sotobosque es, por lo general, escasa y vive como puede en la semipenumbra, ávida siempre de esa luz solar que la impenetrable bóveda le escatima. Este estrato basal está constituido, fundamentalmente, por arbustos (rubiáceas, piperáceas y melastomatáceas) y herbáceas (aráceas, marantáceas, zingiberáceas y musáceas) y solo, cuando la caída de algún árbol abre un claro, comienza la vegetación una carrera desenfrenada en pugna por llegar a lo más alto. Bajo el estrato arbóreo, los bejucos, enredaderas y trepadoras pelean por alcanzar, entrelazándose con las especies arbóreas, la bóveda superior en busca de la luz; entre ellas, las mejor representadas son algunas leguminosas y bignoniáceas y, en menor proporción, hipocretáceas, menispermáceas, sapindáceas, malpigiáceas, connaráceas y dilleniáceas. A media altura, donde todavía alcanzan aquellos rayos de sol que la tupida bóveda permite traspasar, crecen las orquídeas, bromelias, aráceas, helechos y otras plantas epífitas que, en su afán de supervivencia, llegan a desarrollar notables estrategias. Tal es el caso de algunas plantas estranguladoras como ciertos Ficus que, si bien al principio se comporta como epífitos, inician rápidamente la producción de raíces aéreas que buscan el suelo y, una vez enraizadas en él, comienzan un vertiginoso desarrollo que acaba por matar al árbol que les servía inicialmente de soporte. En la región de Alto Madidi la riqueza de hábitats se sucede en una secuencia que viene marcada por la interacción de las corrientes de agua y las tierras circundantes; interacción que, en este caso concreto, se complementa con la de la variación altitudinal, dada la escarpada orografía del territorio que se desliza desde las cumbres de los Andes hasta la planicie amazónica. En ella, además del bosque húmedo amazónico, que en Madidi está presente en las zonas más bajas, nos encontramos con algunas formaciones vegetales de las que hasta ahora no hemos hablado. En primer lugar relacionaremos el bosque seco tropical, una formación de árboles semicaducifolios, donde la caída de hojas, en el periodo anual más seco, es una constante que podría remotamente recordar a la de los otoños de nuestros climas templados. Se ubican estos bosques en las zonas secas --de "sombra de lluvias"--, lugares que, por su orientación y topografía, reciben una cantidad muy limitada de chubascos y aguaceros al liberar las nubes su carga en áreas próximas. Estas formaciones boscosas están muy localizadas en Madidi, pues solo se conocen del valle de Machiriapo, en la cuenca alta del río Tuichi. Su interés botánico se supone enorme pues, en ellas, se han descubierto importantes novedades florísticas, como algunas especies de Lecointea (leguminosas) y Caryodendron (euforbiáceas). Otra formación vegetal, de fisonomía totalmente distinta, son las llamadas pampas o llanos, que en Madidi, que localizan tanto al sur, en las cercanías de Ixiamas, como al norte, en la cuenca del río Hearth, ya en la frontera con Perú. En ellas abundan las plantas herbáceas, fundamentalmente gramíneas y ciperáceas. La vegetación puede variar en función del grado de inundación y la microtopografía del terreno. De nuevo la composición de la vegetación va a depender del grado de inundación que va desde las zonas pantanosas, donde abundan las palmeras, hasta las sabanas húmedas donde el terreno se inunda temporalmente en función de las precipitaciones estacionales. Tierra adentro, al remontar las estribaciones de los Andes, nos encontramos con otro tipo de formaciones: el bosque de niebla. Su característica viene marcada por su ubicación y orientación y es la presencia casi constante de brumas. Entre los géneros representativos de este tipo de hábitat están los helechos arborescentes del género Cyathea (ciateáceae) y otros géneros de angiospermas como Clusia (gutiferas), Schefflera y Dendropanax (araliáceas), Hedyosmum (clorantáceas) y Clethra (cletráceas). Las plantas epífitas alcanzan aquí un alto nivel de diversidad y destaca presencia de musgos, helechos y orquídeas. Hablar de la Amazonía es hablar del bosque tropical húmedo que configura una parte importante de su paisaje pero también es hablar de otros muchos tipos de vegetación que conforman la región y de los que apenas si alcanzamos a vislumbrar una mínima parte. No en vano la región amazónica es la más extensa del neotrópico y alberga, desde el punto de vista biogeográfico y según la clasificación de Morrone [Biogeografía de América Latina y el Caribe, 2001], trece provincias distintas cada una con sus peculiares características. En ellas, los bosques húmedos se suceden con las sabanas, con los bosques de galería, los pastizales inundables, los bosques de niebla y los pantanales en una serie infinita de paisajes aún por describir y que, únicamente, conocemos a grandes rasgos, lo que nos obliga a denominarlos con términos tan evocadores como ambiguos.
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Es difícil concebir el bosque húmedo tropical sin las omnipresentes palmas. Lago Chalalán (Madidi). Foto Pere Comas

Las raíces sustentativas son las que configuran, en buena medida, el paisaje que se presenta ante nuestros ojos. Foto: Pere Comas

Los “bosques inundables” se asientan en suelos periódicamente anegados en función de las crecidas de ríos y arroyos. Foto: Pere Comas
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